Después de mucho tiempo sin recordar mi contraseña y casi olvidar que tenía un blog, he regresado. 4 meses sin escribir no es tan malo, salvo por ver que todos mis amigos tienen mil entradas y millones de comentarios y yo ni uno desde hace mucho, así que espero que este año sea diferente. Aunque como veo las cosas, el tiempo pasa y todo sigue igual, los acontecimientos en el país, en el mundo... Haití destruído y todos quieren adoptar negritos; Cabañas casi muerto, y yo apenas me entero quién fregados es ese pobre ciudadano paraguasho; Juan Villoro gana un premio y a nadie le sorprende porque nadie lo conoce; ponen vacunas en el metro contra la gripa de puercos y la puerca gente sigue escupiendo en la calle y sin lavarse las manos... Así es esto de las enchiladas, diría mi abuelita.
Pero bueno, como no tengo nada qué escribir por ahora, pondré un cuentito y un dibujito que hice hace muuuucho tiempo. Ojalá que les guste, es muy cursi, pero yo era muy cursi (¿o lo soy?)
Si cuando pienso en lo realmente importante que debo pensar cuando pienso, sabría que no tengo nada más importante en qué pensar que en lo mucho que me gusta sentarme a pensar bajo la sombra de mi árbol, al calor de mi sol, con mi sombrero en mi cabeza que piensa y no deja de pensar en las formas de las nubes que también son mías y siempre van en parejas.
Sé que son mías porque no son de nadie más. Yo pienso que si alguien pensara que son suyas ya las hubiera guardado en su casa. Yo no las guardo porque lo único que tengo son mi árbol, mi sol y mi sombrero en mi cabeza que sólo sabe pensar y pensar, no otra cosa.
Casi olvido que mi árbol está en la punta de mi cerro. Yo pienso que nació el mismo día que yo y por eso me toca a mí; por eso mis hojas son verdes igual que el pasto de mi cerro que es sereno como yo, y lleno de vida porque mi sol lo ilumina todos los días, desde que amanece hasta que anochece.
Los pájaros vuelan en mi cielo, porque he de confesar que el cielo también es mío, pero mi cielo no es verde, es azul para no confundirse con mi árbol y mi cerro. Yo no lo pensé así, cuando supe que eran míos ya eran de esos colores.
Pero a mí no me importan los colores, yo quiero a mí árbol, a mi sol, a mi cerro y a mi cielo porque son míos y no quiero menos. Hay quienes prefieren pequeñas piedras y piensan que son muy ricos porque tienen unas cuantas. Yo no cambiaría mi árbol por toneladas de jade, ni mi cerro por miles de esmeraldas; menos mi sol por oro, ni mi cielo por todos los diamantes del mundo, porque en mi mundo, el mundo es mío.
jueves, 28 de enero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario